EL teorema de Yiovani

Pterocles Arenarius
La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad (…)
John Donne.

Yiovani Hernández era mi alumno en el primer curso de secundaria abierta en la Escuela de Superación Activa, ESA; la única escuela de “iniciativa privada” —en realidad fundada en precarias condiciones por tres estudiantes desempleados y urgidos por no ser más dependientes económicos de nuestros papás— en aquellos años en Acayucan, Veracruz. Yiovani, hijo de cañeros, jornalero él mismo desde sus once años, pequeño de estatura y delgadito, pero recio y correoso por el rudo trabajo y casi negro de tanto sol, era muy duro de mollera, estuvo tres veces en el primer curso y nunca logró pasar por completo del primer grado. Avanzó en Ciencias Sociales, en Ciencias Naturales hasta el tercer grado, pero en Matemáticas, aunque llegó a tomar los tres cursos nunca logró aprobar un examen.

—La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa…

—¿No me lo esplica más fácil, mairo. —Alguna vez le pedí a Yiovani que no me dijera mairo, porque, le aclaré, no soy albañil. Pero no me hizo caso o se le olvidó. Al final me resigné justificando que “de alguna manera todos somos albañiles, porque siempre algo construimos, aunque sea a nosotros mismos. De alguna manera vivir es construir. Porque el que no construye, destruye. Ni lo permita Dios”.

—Yiovani, es muy fácil; repite, la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa… Mira, cómo te diré…, es una ley de Dios… Es hermosísimo, en serio…

—Aaaah, a poco… ¿Eso qué va a tener de chulo, mairo? A ver: La suma de los catetos es igual a la hipotenusa.

—Casi te lo aprendes, ya na’ más agrégale los cuadrados…

—¿Pos cuáles cuadrados? Ah, sí, los cuadrados de los catetos son igual a la hipotenusa.

—Al cuadrado de la hipotenusa…, la suma…

—¿Los catetos son igual al cuadrado de la hipotenusa?

—Te lo voy a apuntar y te lo aprendes de memoria. Luego te lo explico ya con números.

—¿Y pa’qué le quiere to’avía meter números, mairo?, no manche…

Nunca se aprendió el Teorema de Pitágoras. Ni siquiera como perico, como pensé que podría lograr que, si de tal manera se lo aprendía, sería más fácil enseñarle la relación entre los números y, quizá en algún momento de apoteosis, presentarle la demostración, sin pretender que llegara a aprendérsela. Nada más para ver si lograba fascinarlo, deslumbrarlo para que le tuviera un poquito de amor a las Matemáticas. No pude. Un fracaso más.

Pero me justifico y me consuelo pensando que Yiovani, aunque lo parecía, no era un chico normal. Sin duda su cerebro había sido dañado irreversiblemente (¿al momento de nacer por asfixia, en su infancia por desnutrición, en algún otro momento por los golpes y las drogas?) y su inteligencia no había llegado más allá de los ocho años de edad, por más que su oficio —alterno por temporadas al de jornalero— de vendedor ambulante en los camiones foráneos lo hubiera vuelto listo, astuto y rápido para decidir, como un animalito matrero. También me consuela que si hubiera habido mejores condiciones, menos obstáculos, sin duda le habría enseñado al menos el Teorema de Pitágoras, junto con todo lo previo necesario para entenderlo. Porque nos hicimos muy buenos amigos. Y a los buenos amigos, si los tratas con frecuencia, les enseñas hasta sin querer. Y también les aprendes.

Luego pasó el tiempo y dejé de ver a Yiovani. Todavía supe que se había fugado de la casa de sus padres, para entonces él tendría unos dieciocho años. Llegaron muchos más jóvenes a nuestra pequeña escuela. Unos sumamente inteligentes, otros normales. Casi todos alcanzaban el progreso negado a Yiovani. En poco tiempo me llegaban noticias de que ya asistían a escuelas superiores a la secundaria. Con los años me encontré a algunos que fueron a la universidad y hasta supe de alumnos míos que eran exitosos profesionales. Muchos más partieron de Veracruz, porque la circunstancia fue descomponiéndose cada vez más.

Sé que muchos se han ido al extranjero. En este momento su país no les da ni lo elemental a la mayoría de sus hijos, ni siquiera a los más talentosos. En cambio, los ricos y los que han logrado poder político acumulan más y más riqueza obscena e irracionalmente. Al parecer lo harán hasta que esto estalle y se autodestruya. Entonces nadie se salvará. Ni siquiera los ricos ni los poderosos.

Comprendí que ya no estábamos al borde del abismo, sino que íbamos en plena caída libre y éramos impotentes para resolver los grandes problemas que nos afectan y que van a terminar por destruirnos. Cada año hay miles de asesinatos y nadie hace nada. ¿Cuántos de mis ex alumnos habrán muerto? Por fortuna no he sabido.

Una noche reciente, pasadas ya las lluvias, en el otoño de este año, caminaba por mi colonia, iba hacia mi casa. Llovía como despedida de la época de aguas y la calle estaba oscura. Me detuve en la tienda del barrio a comprar algo que cenar. Entré y pedí un litro de leche. Escogí un poco de pan.

—La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. ¿Sí o no mi mairo?—Me volví a verlo y sentí la avalancha de gusto después de quizá diez años sin saber de él. Era el mismísimo Yiovani. Era otro: estaba muy grueso y había adquirido un gesto brutal. También había crecido mucho más de lo que supongo cabía esperar, vestía ostentoso y chillante, casi ridículo —. Pero ¿cómo le hizo pa’meterse aquí, mairo?

—¡Yiovani Hernández, qué gusto! No entiendo, vengo a comprar algo que cenar. —No me hizo caso y fue apresurado, violento, a la entrada. Le habló a alguien que yo no veía―. Bueno, ¿tú hijue’puta, tragas verga o qué, chingado pendejo? Ya se metieron y tú ni miras. Por una de éstas un día te va a cargar la puritita chingada, vale. Te salva que este ñor que se te metió es mi mairo de la secundaria. Que te valga, chavo. Si no ya ni la contabas. Póngase bien listo y no sea tan pendejo… —me acerqué un poco; le hablaba brutalmente a un jovenzuelo de unos diecisiete años; era un muchachito que incluso me recordó al Yiovani que fuera mi alumno, a esa edad quizá diez años atrás. Creí entender más o menos qué ocurría. El mozalbete tan duramente reconvenido no contestó, aceptó los insultos y el regaño y sacó de su saco una espantosa arma. Una metralleta recortada y se aplicó a vigilar la calle. Yiovani regresó, muy sonriente.

—¿Cómo ve, mi mai, sí me aprendí el…, ¿el cómo se llama?..., el d’ese de Pitágoras. P’s si Pitágoras no miente, ¿sí o no?

—Pero ¿qué haces aquí, Yiovani, quién es ese niño con esa arma? —La tienda estaba sola. Únicamente un hombre abatido, acobardado nos miraba desde detrás de su mostrador.

—Véngase pa’cá, vamos a hablar aquí con el don. Pa’ que vea lo que es mi jale. No estudié porque soy bien pendejo, pero no me va mal, hágase pa’cá… ―Me llevó hasta que encaramos al hombre que nos miraba congesto atroz desde el otro lado del mostrador de la tienda—. Sale, mi compa, ya no aleguemos que ya me voy. ¿Cuánto pagas ’orita, mi buen?, digo, pa’que no tengas un mal problema. Pero échale ganas…

—Mi jefe, por el amor de Dios, no tengo apenas para comer con mi familia.

—¿Cómo ves, mai? Si no cumplen. Luego chillan cuando les quemamos sus cuchitriles.

—Señor, de verdá, perdónemela hoy, deme tres días, ’orita sí estoy bien fregado, no tengo dinero… No puedo pagarle… Por el amor de Dios, tenga tantito así de piedad. —El hombre se puso a llorar. Al ver que Yiovani era mi amigo se dirigió a mí—. Usté, profesor, dígale al jefe que no sea malo, que sea asinita consciente. ’Orita no puedo pagarle. Dígale que por favor me espere, yo sí pago. Ya tengo el año dándoles. Pero ’ora sí no puedo. Por este día y dos más… —Es don Andrés, tiene cuarenta y dos años. Es el dueño de la pequeña tienda más cercana a mi casa; su capital invertido acaso llega a los cincuenta mil pesos. Su familia está compuesta por cuatro hijos de diez años para abajo y su esposa de treinta y cinco. Tenía que pagar —después me enteré— diez mil pesos mensuales a la organización.

—Bueno, ya no chilles, cabrón. Dame lo que tengas. Si no ’orita verás qué desmadre te hago y ni tú ni yo, que todo se vaya a la mierda. Voy a quemar este chingado mugrero.

—Ya le dije, señor, no sea malo. Llévese mercancía. No tengo ni para amanecer mañana.

—¡Y yo pa’qué putas quiero mercancía! —gritó Yiovani furioso, inimaginable, brutal—Vamos a ver. —Sacó un revólver. Cuidadosamente lo manipuló observándolo con el cañón dirigido hacia arriba. Cortó cartucho—. Mira, cabrón, ya tengo cartucho cortao. ’Orita capaz que se me va un balazo hasta sin querer. Dime, ¿te mato o me pagas? —El tendero lloraba abiertamente.

—No me mate, mi jefe… Por favor, no me mate.

—¡Pos págame, hijo de tu puta madre! —En un arranque Yiovani golpeó a Andrés con la pistola en el rostro. El comerciante no intentó defenderse, ni siquiera hizo por esquivar el impacto. Su cabeza se sacudió con el golpe y me dio la impresión de que quedó balanceándose. Vi que un ojal monstruoso en su pómulo se abría. Vi la carne blanca que muy pronto se enrojeció y empezó a dejar salir la sangre en abundancia. Andrés no reaccionó. Ni intentó limpiarse la sangre que corría por su cara.

—No tengo dinero que darle, señor. —Me llevé las manos al rostro.

—¡Yiovani!... ¡No, por favor!

—No te asustes, cabecilla. Trabajo es trabajo. —Me tomó por el hombro—. No fue bueno encontrarnos así. Ya ni me acordaba que tú eres muy buen plan. Mejor váyase, mi mairo. Yo ya na’más me quiebro a este pendejito y también me voy. Mejor usté ya váyase.

—¿Lo vas a matar?

—Pos no paga.

—Yiovani… —me puse a llorar. No pude evitarlo—, mátame a mí también.

—¿Eh…? —me miró completamente desconcertado—; ¿eso quieres?, ¿ya ti por qué?

—Porque no debes matar a nadie por no tener dinero. —Yiovani me miró como miraría a un extraterrestre.

—Y si no paga, ¿qué? Me lo tengo que quebrar por pendejo. En cualquier ratito me van a quebrar a mí, cabrón, ¡no sabes! A la mejor ’orita que me vaya…, a la mejor al rato o mañana. Pero no tarda. Mientras, me voy a llevar a este compadre que no paga. Además, ¿sabes qué?, yo ya no me ensucio las manos, el que se los quiebra es el chamaco… Ahi nos vemos. Véngase, vámonos, porque ese chavo sí es bien matón.

—Yiovani, aquí me quedo.

—Pos ahí como usté quiera. Yo se lo alvertí… —se quedó pensando un momento—. Ándele, ya vámonos. Total qué, que se lo quiebren… ¿No sabe que todos nos vamos a morir?

—Sí, Yiovani, todos nos vamos a morir. Pero unos nunca se aprendieron que la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. —Me miró sin expresión. Se quedó un minuto eterno mirándome sin gesto. Dos lágrimas asombrosas corrieron de pronto por sus mejillas. Dijo lentamente:

—La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa… —guardó silencio otro largo rato, inclinó la cabeza, luego me habló como agrediendo— ¿Qué puta mierda es eso? ¿Qué putas es lo que tiene de hermoso? ¿Y para qué chingados sirve? —se limpió las lágrimas con rabia y salió caminando a toda prisa.

Don Andrés, el tendero y yo nos quedamos esperando que entrara el joven sicario de la metralleta recortada a matarnos. Nos fuimos a la trastienda. Pensamos que quizá quemarían el negocio. Esperamos una eternidad, Andrés rezaba con la sangre casi coagulada en su herida de la cara, fueron diez minutos. Luego oímos que alguien, dando toquidos sobre el mostrador decía:

—¿Nadie atiende?, señor Andrés, un kilo de azúcar…

Añadir nuevo comentario

Filtered HTML

  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <blockquote> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.