Ella

Julio César Hernández Galván

Tenía los ojos tan tristes, que cuando miraba herían. Sangraba por dentro y hacia dentro ya estaba marchita. No fue difícil averiguar el motivo de su profundo desasosiego, aunque necesité más tiempo para encontrarle sentido a los momentos previos al desenlace. Su nombre fue lo último que descubrí de “Ella”.

Me habló de amores imposibles, de la mediocridad y del consecuente egoísmo, del abismo inconmensurable al que se sentía caer inevitablemente después de cada intento fallido. Una extraña sensación albergaba en su pecho. Fracaso, esa era la palabra a la que recurría una y otra vez para justificar su decisión. “Porque la decisión está tomada", decía.
 
Iba a ser de noche, pasados los veinte minutos después de las ocho. Durante ese homenaje diario a la melancolía, como lágrimas de un libreto para bufón (en palabras de “Ella”) me contaba de su vida y de sus tristezas. No mencionaba sueños, y yo no encontraba esperanza en sus frases. Una dulce charla con lágrimas que yo compartía.
 
Porque más allá del tono trágico de su confesión, sabía que no exageraba. No existe la exageración cuando la voz nace en el vacío, y la precisión de las imágenes, que usaba para ilustrar su dolor, me obligaba a no subestimar lo que sentía. Intenté comprenderla. Quizá por eso fue que no me costó trabajo identificar la incoherencia de este llamado. Porque, muy adentro de mí, quisiera despejar dudas, yo no soy psicólogo, ni brindo algún tipo de "ayuda espiritual", un simple hombre común, eso soy, mejor dicho, por eso me conocen. Un simple hombre que va y viene a su antojo por las calles, un remedo de la casualidad que en sus momentos libres escribe relatos sin pretensión de literatura. Aunque por esto no me conocen tanto. Por este motivo me era difícil descubrir por qué esta chica recurría a mí; una desconocida, en un momento tan íntimo como es el último instante.
 
Finalmente opté por preguntarle. Primer error. Lo único que logré fue apurar el llanto desconsolado que se resistía en su garganta. Lloraba como nunca escuché llorar a nadie, sobándose las lágrimas, a gemidos que confundían. Lloraba sin tapujos, sin pudor, de un modo que inevitablemente me contagió. Una segunda equivocación. Rompí en llanto. ¡Diablos! Estoy fallando.
 
Cerré los ojos y dejé que el tiempo avanzara. Me sentí como una brújula descompuesta, girando en todas direcciones sin conseguir marcar el norte. Quería barrer todas sus tristes emociones como si fuesen hojas secas y muertas, acomodarlas en un rincón y prenderles fuego…
 
La sorpresa de su siguiente gesto logró asustarme. No sé qué esperaba de mí, pero no iba a complacerla, pues al levantar mi mirada, para contemplarla después de estar mirando el piso, la sorprendí casi desnuda —¡Mujer…! ¿Qué estás haciendo? ¡Vístete!— Un silencio denso que se iría desflecando con su sonrisa. — ¿Tienes cámara fotográfica? ¡Sácame unas fotos! Algunas nada más y escribe algo de mí—, rogó.
 
Se acercó y reafirmando su intención forzó una pose absurda y tonta que logró transformar la tensión atrapada en la habitación en sonrisas mutuas. “Eres ridícula, pero insoportablemente hermosa", pensé. “Está bien, acepto, dije, pero vístete, por favor. No me es fácil concentrarme si estás desnuda”.
 
Camino hacia la tormenta. Camino hacia al abismo. Caminos que no conocen de retornos.
 
Fue un momento mágico. De una tibieza infinita. Exigir que se vistiera transformó esa pequeña visita en la experiencia erótica más intensa que haya vivido. No verla era desearla. Oculto, el recuerdo de su desnudez fue una obsesión reiterándose hasta lo insoportable.
 
Intentando evitar el peligro llevé el ojo de la cámara hacia sus manos, porque sus dedos pequeños y cuidados prometían buenos resultados. Continué con su cuello y sus hombros, luego su boca, y me equivoqué en sus ojos. Sus pupilas, casi imposibles de ignorar, fueron atajos directos hacia el abismo. Tenía unos ojos que al mirar se notaban profundos, y ese mirar desconcertaba. Al intento de actuar su misterio se transformó en un rasgo auténtico, quizás el único hasta ese momento, y la dejó en evidencia: “Ella” quería derrotar su tristeza en una entrega con el primer hombre que estuviera frente a “Ella”. Conmigo. Y yo le temí.
 
Confirmé entonces que no mentía cuando dijo que su decisión “Ya estaba tomada”. Tuve más miedo. Me olvidé de su belleza, me acordé de su desconsuelo. Se dio cuenta. Me abrazó. Tan fuerte que sentí su desesperación. Sus latidos se dejaban oír. Murmullos que arrasaban. Instantes que atrapaban. El tiempo que no perdonaba. Fue ese el momento en el que me hice trampa y “Ella” lo sintió como una conquista. Supo que no podría resistir a sus ojos, y supo también que estaba demasiado excitado como para dejarla ir. Las fotos se transformaron en una excusa. Sin corpiño, sus senos coronados por dos círculos perfectos y pequeños se traslucían de su vestido claro; dejando caer sus brazos hacia atrás toda “Ella” se ofrecía a través de su voluptuosidad apenas descubierta. Su sonrisa, segura y firme, me desafiaba a más. Le pedí que se sentara en el sofá y con su silencio me obligó a acercarme… a tocarla… a acariciarla… a besarla…
 
Me acerqué a su rostro y con sumo cuidado la besé, tiernamente, pero con pasión. Mis manos temblorosas envolvían su pequeño cuerpo. Recorrí su cuello, murmurando el deseo, aspirando de su piel el olor colgado del encuentro. Jugué con sus senos al ritmo de la humedad de mis labios, en un ir y venir desde su vientre hasta su pecho. Sus manos inquietas bordaban en mi cabello y espalda un papel de caricias. No me decía nada. Oscuridad detrás de nosotros.
 
En cuclillas me acerqué a sus piernas y separé sus muslos en el intento de recuperar en una toma la mágica sensualidad que su belleza profesaba. Me recibió el aliento húmedo de su hendidura. El rocío tibio y sabroso del río oculto se desbordaba embelleciendo sus labios aterciopelados. Carne, fruta y flores. Para saciarme, para refrescarme, para relajar mis sentidos. Hechizado y paralizado a la vez, recosté mi cara sobre su muslo derecho y cerré los ojos. Su olor a mar y el calor refractado de sus arenas me sumieron en un goce profundo y platónico. Fue “Ella” la que subió su vestido hasta la cintura, separó las piernas un poco más y enredó sus dedos en mi cabello. Manojos de caricias que luego bajaron hasta mi cuello y se detuvieron sobre mis hombros. Giró sobre su cuerpo acercándose aún más, rozándome la mejilla con su vientre. Temblaba. Era yo el que temblaba. De miedo y excitación. Aún no me animaba a cruzar el lago. Llevé mi mano a su entrepierna y comencé a vencer los momentos anteriores de su melancolía. Un estallido acuoso ahogó mis dedos cuando reconstruí en mi mente su cuerpo desnudo. “¡Basta!”, dije para mis adentros y quise huir.
 
Intuyéndolo sujetó mi cabeza con sus muslos como una pinza y me dejó allí, sólo un momento. La viscosidad de sus jugos se impregnó sobre mis pómulos y sentí su ardor regocijándose por su captura. Me sentí su presa. La tomé de las rodillas, liberándome. Y allí la vi. Frente a mí, mi abismo sin límites, la tormenta inevitable. Dos compuertas relajadas y abiertas sobresalían de su sexo, enmarcándolo. Y en el vértice, la punta tentadora de una frutilla madura. Me quedé sin pensamientos y por eso sin dudas. Cuando la última fuerza dejó de resistir, perdí las alternativas y sólo encontré un sentido. La oscuridad tiene el color del misterio y fue el misterio el que me sedujo.Quise contener la marea y sólo logré romper el dique. Gemía en susurros. Permanecí con los ojos abiertos para llenarlos de recuerdos. La tomé de la mano y llevé sus dedos hacia sus senos. Comenzó a acariciarse, murmuró, gimió, puso sus dedos dentro de mi boca y bebí de su piel. Los besé y mordí, y yo, que nunca añoré huéspedes, me imaginé la entrega para poder sentir el límite del dulce abismo. Quise llevarla hacia mi orilla, cuidarla hasta que recuperase fuerzas. La volví a besar. Con una fuerte suavidad y fui venciendo su resistencia. La embadurné de mí, sus labios me hacían cosquillas en la boca. Me tocaba y yo no dejaba de besarla. Preferí contener en lo más alto mi excitación y la de “Ella”. Se dio cuenta que quería esperarla. Fue a su búsqueda con desesperación. Tapó mis ojos con dulces palabras, abrazando mi imaginación con sus labios y encontró lo que buscaba. Un suspiro de tormenta estremeció la atmósfera y la nutrió de su alegría.
 
Suspiraba en silencio, con un gesto que se me antojó de triunfo, sin dejar de acariciarme. Desfalleció con la sonrisa que le imponía el cuerpo. Era una niña virgen de dolores y tristezas. Renació pronto, dulce y llena de curiosidad. Me levantó del suelo y me recostó sobre el sofá. Quitó la poca ropa que aún me cubría y se concentró en mi cuerpo. Levantó su pecho apoyándose sobre el respaldo y con precisión de pescador danzaba rítmicamente de izquierda a derecha con su mirada en la mía y con sus frutos capturando mi atención. Frutos que tomé entre suspiros, apagando y encendiendo mis gemidos. Abrió mis piernas con la suya y ofreció su muslo y su regalo que “Ella” tenía pensado para mí. La abrace encerrándola con el nudo de mis brazos. Perdió entonces el equilibrio y llenó mi boca con sus labios, que mordí hasta el dolor.
 
Finalmente bastó un único roce de su lengua en mi pecho para estallar en un ardor inconfundible que se expandió apresuradamente por toda la habitación, para perderse y dejarme exhausto, con un dulce sabor en mi boca y mis manos anhelando su piel. Busqué sus ojos. Me miraba dulcemente.
 
"El paraíso tiene el sabor del mar y la penumbra de la noche", pensé después, como para título de uno de mis relatos, cuando me levanté a servirle un licor de almendras. Y volvieron las dudas. Es que las dudas volvieron rápidamente cuando se quedó dormida dentro de mi cama. Y digo, "dentro de mi cama", porque encontró el tiempo de acomodarse entre las sábanas y cubrirse con el cobertor. El rímel corrido manchó la almohada. “La mujer, que dulce se ve dormida después de hacer el amor”, reflexioné torpemente.
 
Dejé el licor sobre la mesita de luz y la abracé con fuerza, por detrás de su espalda, sin lograr despertarla. Su pelo, semi-negro degradándose a café y muy largo, se quedó enredado entre mis dedos. Y aunque el más tarde llegó, recién ayer, hace unas cuantas horas logré resolver el enigma.
 
Cuando abrí los ojos, a las siete de la mañana siguiente, “Ella” había enredado una toalla a su cintura y sentada frente a mí, me observaba. Me miraba y sonreía. Había cambiado su ternura de niña por una tibieza maternal.
 
Sonrió y me besó tiernamente. Le pedí que me contara cómo supo de mí; me habló de lo bien que se sentía y no dijo más. No me dejó bañar a su lado. Cerró la puerta del baño con seguro. Pedí explicaciones que no dio y finalmente quiso irse. La dejé ir. Un encuentro como el nuestro, siempre tiene segunda parte. Pero no. No será así. Pero lo deseé. Imploración.
 
Pasaron veintiún días y sonó el teléfono. Era un desconocido. Tenía un mensaje para mí de “Ella”. Esa voz me citó en un hospital del sur. Llegué a la cita a las once de la mañana. Día veintisiete.
 
“Ella” había tomado pastillas con un fin muy claro. Murió horas después. Habían llegado tarde. La encontraron dormida, con varias hojas de papel en la mano. Todas ellas eran relatos y cuentos míos que había publicado en una red social. No había lágrimas en sus ojos, pero sí una sonrisa en sus labios. Recordé inevitablemente la entrega de aquella noche. Después nada sucedió en mi vida ni en mi historia. No hay retorno al caminar hacia la tormenta.
 
—Tú sabrás qué quiso decir, pero me pidió que "la revivas"—, dijo la misma voz desconocida que estaba a mi lado, sin mirarme. Yo tampoco volteé. La vida se me llenó de pereza.
 
No tardé en comprender, porque detener el tiempo fue la única vocación que permaneció inalterable a lo largo de mi vida. Me sentí estafado, herido. Un sentimiento extraño e imprevisible me invadió con sostenida calma hasta desbordarme. Llegué a mi cuarto y la lloré con tristeza hasta reconstruir su recuerdo por completo. Me faltaba un único eslabón, porque a los otros decidí olvidarlos, "Revivirla", y la quise de pronto, con toda mi alma, viva y a mi lado.
 
Con sus fotos desparramadas sobre el sofá, que aún guardan su olor, la sentencia me habitó: "Revivirla". Esa palabra fue mi obsesión como lo fue su cuerpo aquella vez.
 
Finalmente escribí un relato que hablara de “Ella”… para cumplir con lo último que me había pedido: “Revivirla”.
 
Nunca llegué a saber si el clímax de su vida fue real, soñado o una alucinación provocada por la insistencia del mundo que la venció. Al final de cuentas “Ella” me venció a mí. Inevitable.
 
Yo nunca olvidé aquella noche. Una noche de esas extrañas, que se crean como por arte de magia, fruto de la combinación de imprescindibles acontecimientos, formando una sorprendente cadena erótica capaz de unir dos individuos en uno de aquellos besos intensos, interminables, que se recuerdan de otras noches, de otros momentos mágicos. De otras almas…
 
Era una noche agradable, de esas que el invierno todavía no quiere abandonar; pero donde la primavera se acerca acariciando el ambiente con suaves ráfagas de viento. Hoy sólo oscuridad. No hay retorno.
 
Creo que dormí, y soñé que era su amante. Ahora no sé si soy un hombre que soñó ser su amante o un amante que sueña con “Ella”.
 
Hace unos minutos hablé por teléfono con la voz desconocida que me había dado aquel fatídico mensaje. Lo hice para cerrar el círculo y cumplir con el ritual de su resurrección, sólo le faltaba título al relato. Pregunté por su nombre. Me lo dijo. Me preguntó cosas que yo consideré triviales y colgué sin responder nada. Su nombre fue lo último que descubrí de “Ella”, y con su nombre titulé su triste relato.
 
 

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