La dómina

Antonio Trejo Galicia

Miró con parsimonia sus largas uñas mientras esperaba sentada en la sala. Hizo un mohín con la boca y llamó a su asistente. Nadie le contestó desde la habitación contigua. Estaba sola.
     Se levantó sin dejar de mirarse las manos y abrió la puerta contigua para cerciorarse de tan inesperado silencio. ¡Esa maldita perra huyó nada más al oír el sonido de las sirenas!, pensó en voz alta.
     La policía llegaría en unos momentos y no quería que la encontraran desarreglada. Ella, la mujer del capo que yacía ensangrentado en la recámara superior, no podía enfrentar su destino sino con la dignidad de una reina abdicante. Abrió su bolso Hermés y tomó un hisopo de algodón. Desenroscó el envase de acetona y el aroma le recordó a esas amigas que había conocido en Culiacán, hacía muchos años.
     Evocó la primera vez que se voló una clase en el Tecnológico para irse a divertir a una discoteca, cuyo nombre había olvidado con el tiempo. Le enseñarían a pintarse bien las uñas, le dijeron, y terminó aprendiendo cómo bajarle los pantalones a los clientes para despojarlos de los dólares que resultaban del trasiego de enervantes.
     Ese olor tan familiar parecía retornarla a una época inocente, cuando era hija de familia y no debía tantos favores ni lujos a estos hijos de puta; aunque se mereciera ese trato de princesa por ser la más bella entre sus compañeras de burdel.
     Pronto la engancharon y, también pronto, creció su cuenta de tanta coca y tantos vestidos, y tantas cremas y lociones, y tantas joyas y pedicuristas que la esperaban del otro lado de la frontera, de tan buena cliente que era.
     ¿Podía existir otra cosa que no fuera el olor a pólvora, a carne “pozoleada” o a billetes impregnados de cocaína? Si tan solo hubiera continuado con su carrera, como sus padres se lo imploraban, ese olor a lima-limón ahora le descubriría la sensación de pulcritud de las lavanderías y de las conciencias, y no de un químico para limpiarse la sangre que le escurría por las manos y que ya le había alcanzado las uñas.
     De forma instintiva se llevó las manos a la cara y descubrió que lloraba, sin que fuera consciente de la tragedia que le tocaba vivir en ese instante, en que había perdido todo: a su hombre; su prestigio como dómina, en esa casa en la que él la había recluido para tenerla más segura, aunque en realidad se había convertido en una ratonera.
     Cuando llegó a buscarlo el comando de sicarios que le arrancó la vida mientras se afeitaba, ni tiempo tuvo de sacar su colt 45 con cachas de madreperla y su nombre rematado con zafiros, un nombre que ahora no valía nada.
     A ella la dejaron viva porque dejó de importar en esa historia de hombres. Cuando la primera bala de la R15 penetró en el cuerpo de su protector, ella se convirtió en lo que supo que sucedería un día: un cero a la izquierda.
     Volvió a llamar a sus recuerdos y, de tan sola, volvió a responderle el silencio. Las sirenas sonaban cada vez más cerca.

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