La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad (…)
John Donne.

Yiovani Hernández era mi alumno en el primer curso de secundaria abierta en la Escuela de Superación Activa, ESA; la única escuela de “iniciativa privada” —en realidad fundada en precarias condiciones por tres estudiantes desempleados y urgidos por no ser más dependientes económicos de nuestros papás— en aquellos años en Acayucan, Veracruz.

Querido Dany:
No es mi intención molestarte allá donde estás, pero hoy se cumplen cuatro años de que te fuiste y la mentada resignación tan prometida por ti aún no ha llegado.
     Ya desde el principio estaba segura de que tardaría en llegar, pero cuando pasaron los meses, y luego los años, empecé a perder la esperanza de que la tal resignación llegara.

Tenía los ojos tan tristes, que cuando miraba herían. Sangraba por dentro y hacia dentro ya estaba marchita.

El semáforo se puso en rojo. Ella, de leggins azules y blusa entallada, se acerca al microbús para lanzar agua y lavarle el parabrisas.

Miró con parsimonia sus largas uñas mientras esperaba sentada en la sala. Hizo un mohín con la boca y llamó a su asistente.

Germán esperaba la cuenta. Su vista estaba perdida, llena de un rencor que brotaba a cántaros.